Transcripción completa de “SEIS DÍAS SIN COMER: autofagia, dos premios Nobel y lo que descubrí”. Haz clic en una marca de tiempo para abrir el video en ese momento. ¿Necesitas otro video? Usa el generador de transcripciones de YouTube.
0:00 Era invierno y llevaba 6 días sin comer. No estaba en un retiro y tampoco estaba en una clínica. Estaba en mi casa con mi agenda, con mi trabajo y con mis compromisos de siempre. Y en el sexto día me senté a trabajar, miré a la pantalla y pensé: "Hace tiempo que no sentía la cabeza tan clara". La verdad es que no tenía hambre, no tenía mareos y no tenía tampoco esa niebla mental que aparece cuando llevas unas horas sin comer. Más bien tenía exactamente lo contrario. Y me hice una pregunta que todavía no he terminado de responderme. Si a los 6 días sin comer el
0:52 cuerpo funciona mejor que al principio, ¿qué límite tiene realmente este mecanismo? ¿Dónde está el techo? ¿Y por qué nadie nos habla nunca de esto? Un monje indio llamado Prahlad Jani, en 2003, fue ingresado en una UCI del hospital Sterling de Ahmedabad y tenía 83 años. 30 médicos militares del Instituto de Defensa de Fisiología lo observaron durante 10 días. Durante esos días no le dieron ni comida ni bebida y lo mantuvieron constantemente ligado a monitores cardíacos,
1:39 haciéndole análisis de sangre diarios. Con una vigilancia constante por medio de vídeo. Y al final de los 10 días, los signos vitales del monje se mantenían estables. Los riñones funcionaban y su cerebro funcionaba. Y la ciencia no lo refutó. Simplemente no supo qué hacer con él. Y también un doctor en química suizo llamado Michael Werner, Werner, perdona, que era director de un instituto farmacéutico. Fue observado en una UCI hospitalaria durante 10 días en 2004 con resultados similares. Y lo mismo pasó con un israelí llamado Ray Maor. En este caso el Dr.
2:28 Ilan Kitsis del Tel Aviv Souraski Medical Center, lo mantuvo con supervisión cardiológica directa y haciéndole análisis también de sangre diarios. Y con vigilancia de vídeo continua durante 8 días. Ninguno de estos casos ha sido refutado, pero tampoco ninguno de ellos ha sido verificado con el rigor que exige la ciencia moderna. Y esa ambigüedad que normalmente usamos para cerrar una conversación, hoy yo voy a utilizarla para hacer todo lo contrario. Para abrir la conversación. Porque la pregunta importante no es si estos casos son reales, tampoco lo es si nos habrán
3:16 engañado o no. La pregunta aquí es, ¿qué mecanismo biológico tendría que existir para que esto fuera posible? Y resulta que ese mecanismo existe. Tiene nombre. Tiene también un premio Nobel y tú puedes activarlo de una forma controlada y segura. Y eso es justo lo que vamos a hacer hoy. Al final de este vídeo vas a entender qué ocurre en tu biología cuando el suministro externo de energía se ha apagado. Por qué ese apagón no es una crisis, sino un modo de operación alternativo para el que tu cuerpo lleva millones de años preparado. Y cómo activarlo de una forma gradual,
4:05 verificada y sin dramas para que tu hardware haga lo que sabe hacer cuando por fin le dejas espacio para hacerlo. Pero para empezar, voy a contarte los tres casos con el rigor que merecen, ni más ni menos. Prahlad Jani primero. Era un monje del estado de Gujarat en India. Afirmaba llevar décadas sin comer ni beber. Y en 2003 el Dr. Sudhir Shah coordinó una observación de 10 días en el hospital Sterling de Ahmedabad con 30 médicos militares del Instituto de Defensa de Fisiología. En 2010 le sometieron a una segunda observación de 15 días, con un equipo más amplio. Los resultados
4:55 en ambos casos fueron que no hubo ingesta documentada en todo ese tiempo y que no se produjeron cambios fisiológicos significativos en los marcadores básicos. Pero hay que decir también otras cosas. El Dr. Shah tenía un conflicto de intereses documentado. Era un creyente declarado en el fenómeno que estaba estudiando. Y los protocolos de vigilancia a los que sometieron a Prahlad Jani tuvieron lagunas que otros investigadores han señalado públicamente. Los resultados nunca fueron publicados en una revista con revisión de pares. Nunca. Pero eso no significa que los resultados sean falsos. Significa que no tenemos una forma de verificarlos
5:45 con los estándares que exige la ciencia. El caso de Michael Werner es metodológicamente más limpio en algunos aspectos. Él era doctor en química y director de un instituto farmacéutico suizo. Por tanto era alguien con una formación científica real que decidió someterse a una observación clínica en una UCI durante 10 días en 2004. Y los resultados con Werner fueron similares a los de Jani, pero Werner publicó un libro. No un paper de investigación. Y un libro, por muy riguroso que sea su autor, no pasa por revisión de pares. El más sólido de los tres es el caso de Ray Maor. Este es un israelita que estuvo 8 días bajo vigilancia de vídeo constante,
6:34 con análisis de sangre diarios y con supervisión cardiológica directa. Es el caso que tiene una mayor densidad de datos verificables. Pero sigue sin estar publicado con revisión de pares. Por lo tanto, son tres casos, los más conocidos y ninguno ha sido refutado. Pero tampoco ninguno de ellos ha sido correctamente verificado. Y ahora viene la pregunta que a mí me parece la correcta. Y esa pregunta, como te decía hace unos minutos, no es si estos hombres mintieron. Tampoco si los médicos que los observaron eran o no incompetentes. La pregunta es, ¿qué tendría que ser cierto en la biología humana para que algo así fuera posible? Y aquí es donde empieza lo interesante. Porque
7:25 cuando el cuerpo humano se queda sin suministro externo de energía, resulta que no se apaga. Enciende algo y enciende un sistema de reciclaje interno de una sofisticación que todavía nos deja sin palabras. Un sistema que lleva activo desde hace más de 1000 millones de años. Desde el momento en que la vida en la Tierra dio el salto que lo cambió todo: de células simples, sin núcleo, sin compartimentos internos, como son las bacterias y los organismos más primitivos que conocemos, a células con una arquitectura interior compleja. Células con núcleo propio donde guardar el ADN, células con mitocondrias, con retículo endoplasmático y con
8:13 una maquinaria interna diferenciada. Esas células más complejas se llaman eucariotas, que viene del griego eu verdadero y carion núcleo. Y entre los sistemas que aparecieron con ellas, uno de los más antiguos y más conservados evolutivamente es la autofagia. Tan útil, tan esencial, que la evolución no lo ha tocado en mil millones de años. Y eso en biología no es un detalle menor. Es la señal más clara de que estamos ante algo que el organismo no puede permitirse perder. Y es un sistema que en condiciones normales está casi siempre parcialmente inhibido,
9:01 porque siempre hay algo que llega desde fuera. En 2016, Yoshinori Ohsumi recibió el Premio Nobel de fisiología o medicina por descubrir exactamente cómo funciona. Pero este no era el primer premio Nobel vinculado a este mecanismo. En 1974, el belga Christian de Duve ya había recibido el mismo premio por descubrir el lisosoma. Que es la estructura donde la célula desmonta y recicla su propio material. De Duve encontró la planta de procesamiento. Ohsumi descubrió toda la logística que la alimenta. Es decir, son dos enfoques diferentes que merecieron dos premios Nobel
9:49 al hablar de una misma historia. Y esa historia resulta que todavía no ha terminado. Ahora vamos a trasladarnos por un momento a Bélgica. Al año 1955. En el laboratorio de la Universidad Católica de Lovaina hay un científico que está estudiando cómo funciona la insulina. Su nombre es Christian de Duve y mientras trabaja, de repente tropieza con algo que no estaba buscando. Dentro de las células de hígado de rata con las que trabajaba, descubre una estructura que nadie había descrito hasta entonces. Era un compartimento rodeado de membrana y lleno de enzimas, que son esas
10:36 proteínas especializadas en descomponer otras proteínas, lípidos y carbohidratos. Y era un compartimento cuya única función parecía ser la de destruir material celular. De Duve lo llamó lisosoma.Del griego lysis, disolución, y soma, cuerpo. El cuerpo que disuelve. Y la comunidad científica lo recibió con curiosidad, pero sin entender muy bien del todo que hace ahí. Porque además se preguntaban, ¿para qué necesita la célula una estructura dedicada a destruir sus propios componentes? ¿No es eso algo contraproducente? ¿no es suicida?. Sin embargo,
11:23 en 1974, el Comité Nobel le dio la razón a De Duve. Le otorgó el Premio Nobel de fisiología o medicina por el descubrimiento del lisosoma. Pero seguían quedando preguntas sin responder. En particular había una pregunta que ese Premio Nobel no había respondido y es una pregunta que se quedó abierta durante décadas. La pregunta es, ¿cómo llega el material al lisosoma? Es evidente que la planta de procesamiento existe. Está ahí, dentro de cada célula, con sus enzimas listas y con su maquinaria preparada. Pero nadie sabía quién recoge el material. Nadie
12:11 sabía tampoco cómo se empaqueta. Y nadie sabía qué decide, qué se destruye y que se conserva. Nadie sabía tampoco si hay un sistema de selección, una logística o un protocolo. Durante 30 años esa pregunta estuvo sin respuesta. Hasta los años 80. Y fue en Tokio donde la respondieron. Un investigador en un laboratorio pequeño de la Universidad de Tokio estaba estudiando algo que nadie consideraba importante. No tenía una financiación relevante y tampoco tenía un equipo grande. Lo que tenía era un microscopio de campo claro, cultivos de levadura y una pregunta
12:57 sin respuesta que llevaba 30 años esperando a alguien que se tomara el tiempo necesario para plantearla correctamente. El nombre de ese investigador es Yoshinori Ohsumi. Y las preguntas que se hacía eran exactamente las mismas que De Duve dejó abiertas: ¿qué hace la célula con sus propios desperdicios antes de que lleguen al lisosoma?. ¿Cómo desaparece el material dañado? ¿A dónde va? ¿Quién se encarga de retirarlo? ¿Y qué hizo Ohsumi? Decidió buscar la respuesta donde nadie había mirado. Dentro de la vacuola de la levadura. Y verás, la vacuola es
13:45 el equivalente funcional del lisosoma en las células del levadura. Los investigadores de la época la consideraban básicamente un vertedero. Una especie de compartimento donde las cosas iban a morir y, por lo tanto, no había mucho interés científico en esos vertederos. Pero Ohsumi pensó de una manera diferente. Si la vacuola es donde las cosas van a descomponerse y si bloqueamos las enzimas que las descomponen, ¿qué veremos acumulándose dentro?. Y eso fue justo lo que hizo. Bloqueó las proteasas, es decir, las enzimas degradadoras, convirtiéndolas en células de levadura sometidas a ayuno. Y una vez hecho eso, miró por el microscopio. Lo que vio cambió
14:35 la biología celular para siempre. Y sobre todo la cambió para ti y para mí. Verás, la vacuola se estaba llenando. Desde el citoplasma llegaban pequeñas vesículas cargadas de material celular, proteínas dañadas, suplementos de orgánulos y mitocondrias deterioradas. Y se fundían con la vacuola entregando su contenido para ser procesado. Lo que estaba contemplando Ohsumi no era un vertedero. Era una planta de reciclaje. Pero no solo eso. Una planta de reciclaje activa, regulada y con una logística interna de una precisión absolutamente extraordinaria.
15:22 Y esa era la respuesta a la pregunta que de Duve había dejado abierta 30 años antes. Ahí estaba, delante de sus ojos, y no era destrucción lo que se producía. Era un sistema de recogida, clasificación y reutilización de una sofisticación que nadie había imaginado. El material no llegaba al lisosoma por accidente. Llegaba porque había un protocolo completo. Membranas que se formaban, vesículas que se cerraban, señales moleculares que decidían qué se recogía y qué no, que operaba con la precisión de una cadena logística de alta ingeniería. Ohsumi estaba viendo la autofagia
16:07 por primera vez en tiempo real. Autofagia es una palabra que viene del griego "autos" uno mismo y "phagein", comer. La célula comiéndose a sí misma. Pero esa traducción literal es engañosa porque sugiere destrucción. Sin embargo, lo que Osumi estaba viendo no era destrucción, era mantenimiento. Y aquí déjame darte una imagen para ayudarte a entender la situación. Tú piensa en una ciudad. Una ciudad grande, con millones de habitantes. Con edificios, con infraestructuras, con maquinaria que funciona de día y de noche. Esa ciudad produce residuos constantemente, produce
16:52 edificios que se deterioran, produce maquinaria que se desgasta y tiene dos opciones: acumular ese material hasta que la ciudad colapse bajo su propio peso o tener un sistema de recogida, clasificación y reutilización que conviertan los residuos en materias primas para poder construir cosas nuevas. Tu célula es esa ciudad. El lisosoma, es decir, lo que De Duve descubrió en 1955, es la planta de procesamiento y la autofagia. Lo que Ohsumi descubrió en 1988 es todo el sistema logístico que la alimenta. Los fagóforos, que son las estructuras que inician
17:41 el proceso, son membranas que se forman en el citoplasma y empiezan a envolver el material que va a ser procesado. Y tú, piensa en ellos como los camiones de recogida que salen a retirar los residuos. Y los autofagosomas son el resultado de ese envolvimiento. Son vesículas cerradas que contienen el material recogido y lo transportan hasta su destino. Y los lisosomas son la planta de procesamiento, como te decía. Es decir, compartimentos llenos de enzimas que desmontan el material en sus componentes básicos, aminoácidos, ácidos grasos y nucleótidos. Y todos ellos, todos, están listos para ser reutilizados. Por lo tanto, no es basura como se creía. Son piezas
18:36 de repuesto. Y cuando tu célula desmonta una proteína dañada, no la elimina, la convierte en los aminoácidos que necesita para fabricar una proteína nueva. Y cuando desmonta una mitocondria deteriorada, recupera los lípidos de su membrana, los metales que contiene y los componentes que todavía sirven. La eficiencia de este proceso es tan alta que en condiciones de ayuno prolongado el cuerpo puede mantener la síntesis de proteínas esenciales durante días usando exclusivamente material reciclado. Y esto fue lo que Ohsumi vio en 1988 en una levadura con el microscopio de
19:24 campo claro. En 1993 publicó el descubrimiento de los 15 genes clave que regulan la autofagia en levadura, los genes ATG de Autophagy-Related. Y ese fue el momento en que aquel mecanismo dejó de ser algo que se observaba y se convirtió en un auténtico mapa molecular completo. Y en 2016 el Comité Nobel le dio la razón con la distinción más alta que existe en ciencia. En 1955, De Duve encontró la planta de procesamiento. En 1988, Ohsumi descubrió toda la
20:13 logística que la alimenta. Hubo 33 años entre los dos descubrimientos y 61 años entre el primero y el segundo Nobel. Como puedes entender, la ciencia no tiene prisa. Pero cuando llega, llega con todo. Y ahora viene la conexión que ningún vídeo sobre autofagia hace de una forma explícita. ¿Recuerdas los tres casos? Los tres casos que te contaba al principio del vídeo, Jani, Werner y Maor. 30 médicos mirando monitores, signos vitales que se mantenían estables en unas personas que no comían y no bebían durante días. Y la pregunta que me hacía acerca de, ¿qué tendría que ser cierto en
21:00 la biología para que algo así fuera posible? Pues aquí está la respuesta parcial. Y subrayo parcial porque hay que ser precisos sobre qué explica la autofagia y qué no explica todavía. Es decir, la ciencia no ha cerrado todavía este expediente y verás, lo que sí explica es que el cuerpo humano puede mantener funciones vitales durante días sin ingesta externa, usando material reciclado de sus propias células. Y eso está documentado y además tiene un Nobel. Por lo tanto, aquí no hay especulación ninguna. Lo que no explica son esas semanas o meses sin ingesta, pero con unos
21:46 signos vitales estables. Es decir, la autofagia es un sistema de reciclaje extraordinariamente eficiente, pero el material reciclable no es infinito. Y en ayunos muy prolongados, más allá de lo que los estudios clínicos controlados han podido verificar con seguridad, el cuerpo empieza a recurrir a proteínas estructurales como sustrato energético. Y no lo hace de una forma inmediata ni dramática. Pero ese límite existe y está ahí. Y aquí está el problema de fondo con los casos de Jani, de Werner y de Maor. Un adulto en reposo consume aproximadamente unas 1,500 a 2,000 kilocalorías al día para mantener sus funciones vitales. La autofagia puede recuperar energía del
22:38 reciclaje de material celular dañado, pero ese material tiene, como te decía, una masa finita. Los estudios disponibles documentan beneficios y mantenimiento de funciones en rangos de días, pero no de semanas y desde luego no de meses. Y mucho menos de años. Extrapolar de lo que ocurre en 72 horas a lo que esos casos describen durante semanas no es ciencia. Eso es un salto que ningún mecanismo conocido puede cubrir todavía. Por eso el expediente sigue abierto, no porque la autofagia falle como explicación parcial, sino porque entre lo que explica y lo que los casos documentados describen, hay una distancia que la ciencia todavía no sabe cómo medir. Puede que
23:32 esos casos tengan una explicación que todavía no tenemos instrumentos para medir. Puede que parte de lo observado fuera metodológicamente impreciso. Puede que ambas cosas sean ciertas simultáneamente. La ciencia no debe elegir una respuesta cuando no tiene los datos para hacerlo. Por explicarlo con otras palabras. Cuando el suministro externo de energía cae a cero, la autofagia no entra en modo de emergencia tardío. Es el primer sistema que se activa. El cuerpo no espera a quedarse sin glucosa para empezar a reciclar. Lo hace antes. Y lo hace con una eficiencia que aumenta a medida que el ayuno se prolonga, no que disminuye.
24:24 Lo que los médicos que observaron esos casos documentaron: un mantenimiento de funciones vitales sin ingesta durante días, es compatible con una autofagia de alta intensidad sostenida. Pero no está probado. Ni verificado con los estándares que exige la ciencia. Solo podemos decir que podría ser compatible. Y la diferencia entre compatible y probado es enorme. Lo que sí está probado, con revisión de pares y replicación independiente, es esto. Entre las 16 y las 24 horas de ayuno, la autofagia basal se activa de forma medible.
25:09 Entre las 24 y las 72 horas, alcanza niveles clínicamente significativos. Entre los tres y los siete días con supervisión adecuada, los estudios muestran marcadores de regeneración celular, con reducción de proteínas oxidadas, eliminación de agregados proteicos y renovación mitocondrial. Esto no se produce con ninguna otra intervención conocida en ese rango de tiempo. Ningún suplemento. Ningún protocolo de ejercicio y ninguna intervención farmacológica produce en ese rango de tiempo, lo que produce el ayuno extendido sobre la autofagia. Y aquí quiero pararme un segundo contigo. Porque lo que acabo de decirte tiene una
26:02 implicación, antes de seguir, que vale la pena que te la lleves de esta parte del vídeo. Si la autofagia es el sistema de mantenimiento más potente que tiene tu biología, y si ese sistema se inhibe parcialmente cada vez que comes porque la presencia de aminoácidos y glucosa en sangre activa el mTOR, que es el interruptor molecular que apaga la autofagia, entonces comer tres veces al día no es fisiología. Es una decisión cultural. Y esa decisión tiene un coste biológico real. No te estoy diciendo que no comas. Te estoy diciendo que tu cuerpo tiene un modo de operación
26:51 alternativo, y que ese modo, la alimentación continua lo mantiene casi siempre apagado. Y que cuando ese modo se activa el tiempo suficiente, ocurren cosas que De Duve intuyó en 1955, que Ohsumi vio en 1988, que yo experimenté en seis días de invierno con mi agenda normal, y que Jani, Werner y Maor llevaron a un extremo que la ciencia todavía no sabe cómo clasificar. Y esa pregunta —la de qué mecanismos tiene el cuerpo humano que todavía no hemos terminado de cartografiar— no empieza con Jani en una UCI de Ahmedabad en 2003. Ni con Werner en una clínica
27:39 suiza en 2004. Ni con Maor en Tel Aviv en 2008. Empieza mucho antes. Siglos antes. En hospitales medievales, en conventos, en habitaciones vigiladas por médicos que no tenían los instrumentos que tenemos hoy pero que sí tenían ojos, y que escribieron lo que vieron. Lo que viene ahora no es ciencia en el sentido estricto del término. Pero tampoco es leyenda. Es el mismo expediente que acabas de leer, extendido hacia atrás en el tiempo hasta donde la documentación alcanza. Y merece el mismo rigor con el que hemos tratado todo lo demás. Voy a pedirte que cambies de registro conmigo un momento.
28:27 Lo que viene ahora no es ciencia, en el sentido estricto del término. No hay papers con revisión de pares. No hay protocolos de UCI. No hay análisis de sangre diarios. Me voy a referir a observaciones históricas documentadas, de seres humanos que, en condiciones de fe sostenida y vida contemplativa profunda, describieron, y en algunos casos fueron examinados médicamente, por períodos prolongados sin ingesta de alimento. No vengo a decirte que esto es un milagro. No vengo a decirte que esto es imposible. Vengo a decirte que existe, que está documentado con la rigurosidad que permitía cada época,
29:15 y que la biofísica moderna no tiene los instrumentos para cerrarlo. Y eso, para un ingeniero, no es una razón para ignorarlo. Es una razón para mantenerlo abierto. Hay tres casos que me pareció que merecen estar en este expediente. El primero es Lidwina de Schiedam. Una mujer que vivió en los Países Bajos, en el siglo XV. A los quince años sufrió una caída sobre el hielo que le fracturó varias costillas. Eso desencadenó una enfermedad progresiva que la dejó postrada durante el resto de su vida. Los documentos de la época, incluyendo testimonios de médicos y autoridades civiles de Schiedam,
30:07 describen que durante los últimos años de su vida, que se prolongó hasta los cincuenta y tres, subsistió únicamente recibiendo la Eucaristía. Es el caso más antiguo y el metodológicamente más débil. En el siglo XV no existían las UCI, ni los laboratorios, ni la capacidad de grabar en video. Pero tiene algo que los casos modernos no tienen: décadas de observación continuada por parte de una comunidad entera, con registros civiles y eclesiásticos que han sobrevivido hasta hoy. El segundo caso es el de Alexandrina de Balazar. En este caso, nos vamos a Portugal, y al siglo
30:56 XX. Y aquí la documentación cambia de categoría. En 1942, Alexandrina fue ingresada en el Hospital de la Casa de Salud de Foz do Douro, en Oporto, durante cuarenta días. No era en un convento. Era un hospital. Con médicos civiles. Con enfermeras y con registros médicos que se conservan. Durante esos cuarenta días, los médicos documentaron que no ingirió alimento sólido ni líquido, con la única excepción de la Eucaristía diaria. Y que su peso se mantuvo estable. Las actas médicas están conservadas en el archivo del hospital y en los documentos del
31:48 proceso de beatificación, que incluye una revisión médica independiente encargada por el Vaticano. El Dr. Enrique Canon, uno de los médicos que supervisó el período, declaró públicamente que no encontró explicación fisiológica para lo que observó. Estuvo cuarenta días en un Hospital. Con médicos civiles y con amplios registros conservados. El tercero, es el caso de Teresa Neumann. En Baviera, Alemania, también en el siglo XX. Es el caso más documentado de los tres y el que más atención médica recibió en vida.
32:37 Teresa Neumann afirmó no haber ingerido alimento sólido desde 1922 y ningún líquido desde 1926, excepto la Eucaristía diaria. Vivió hasta 1962. Es decir treinta y seis años sin comer ni beber. En 1927, el obispo de Ratisbona autorizó una observación médica de dos semanas en su domicilio, con supervisión continua de enfermeras y médicos. El Dr. Fritz Gerlich, periodista y posteriormente mártir bajo el nazismo, que además no era un creyente ingenuo, documentó el caso con un
33:28 rigor inusual para la época y publicó un libro en 1929 con los resultados de la observación. A lo largo de su vida, Teresa Neumann fue examinada por múltiples médicos, entre ellos el Dr. Leopold Spiegel y el Dr. Ewald Hein. Todos ellos emitieron informes sobre su estado. Ninguno encontró evidencia de ingesta oculta. Y ninguno dio una explicación fisiológica satisfactoria. Ahora viene la pregunta biofísica que surge de estos tres casos. ¿Qué tendría que ser cierto en la biología humana para que algo así fuera posible, incluso parcialmente?
34:18 Para responder hay dos líneas de investigación. No responden directamente la pregunta, pero la hacen menos imposible de formular. La primera viene del trabajo de Gerald Pollack en la Universidad de Washington. Sus estudios y descubrimientos sobre el agua estructurada. La llamada zona de exclusión o agua EZ. Pollack demostró que el agua en contacto con superficies hidrófilas, como son las membranas celulares, adopta una fase ordenada con propiedades eléctricas distintas del agua libre. Esa agua EZ puede absorber energía del entorno, incluyendo
35:09 fotones infrarrojos, y puede convertirla en trabajo electroquímico. Y eso es energía real. Pero ¿es suficiente para sostener las funciones vitales durante semanas o meses sin ingesta? No lo sabemos. Lo que Pollack ha medido en laboratorio es real y es medible. Pero hay una diferencia importante entre lo que una membrana celular puede capturar en un experimento controlado y lo que necesitaría capturar un cuerpo humano entero para mantenerse vivo durante semanas sin comer. Es como comparar el rendimiento de un motor en un banco de pruebas con lo que ese mismo
35:54 motor necesita dar en una carretera real, con carga, con pendientes, con temperatura variable. El principio funciona. Pero si la escala funciona igual, eso todavía no lo sabemos. Lo que sí está claro es que la pregunta ¿tiene el cuerpo rutas energéticas que no dependen del suministro calórico externo? ya no es absurda, desde el momento en que el agua estructurada de tus propias membranas puede capturar y convertir energía ambiental. La segunda línea viene de algo que sí está documentado con más solidez: los estados contemplativos profundos, es decir, la meditación de alta intensidad,
36:44 la oración sostenida o el recogimiento espiritual extremo, producen cambios fisiológicos medibles. Producen reducción del consumo de oxígeno. Reducción del ritmo metabólico basal. También cambios en la coherencia cardíaca y cambios en los patrones de actividad cerebral. Y todo esto no se produce en ningún otro estado conocido. No estoy diciendo que la fe reduzca el metabolismo lo suficiente como para explicar décadas sin ingesta. Lo que estoy diciendo es que el estado fisiológico en que vivían estas personas, con vida contemplativa profunda, quietud casi permanente y ausencia de estrés metabólico por una actividad física intensa, produce condiciones
37:34 que el metabolismo basal estándar no captura. Y que la combinación de autofagia sostenida, agua estructurada como fuente energética alternativa, y metabolismo basal reducido por estados contemplativos profundos no explica estos casos. Pero los hace menos inexplicables. Quizá te suene un poco raro. Pero es como lo veo. Y creo que lo debo compartir contigo. Y hay una última cosa que quiero decirte antes de seguir adelante. Estos casos —Lidwina, Alexandrina, Teresa Neumann— no son curiosidades históricas.
38:24 Son observaciones de seres humanos reales, examinados por médicos reales, que produjeron datos que nadie ha podido explicar satisfactoriamente en siglos. La ciencia moderna tiene dos opciones ante datos que no puede explicar: ignorarlos o estudiarlos. Históricamente ha elegido la primera. Yo prefiero la segunda. Porque la biofísica no debe cerrar este expediente. Debe mantenerlo abierto. Y lo lo debe mantener así con una pregunta que me parece la más transparente que puedo hacerte: ¿Y si el límite real del ayuno humano no lo conocemos todavía porque nunca hemos tenido los
39:16 instrumentos correctos para medirlo? Voy a hacer una pausa aquí. Lo que acabas de escuchar en los últimos minutos no lo vas a encontrar estructurado de esta manera en ningún otro sitio. No porque sea secreto. Sino porque nadie se ha tomado el tiempo de sentarse con la evidencia disponible, separar lo que está verificado de lo que está abierto, y conectarlo con lo que ocurre en la biología celular cuando el suministro externo de energía se apaga. Eso es lo que yo intento hacer en este canal. Siempre. Con cada vídeo. Y mantener ese estándar tiene un coste real. En tiempo. En acceso a papers. En
40:07 horas de lectura y de verificación y en horas de redacción y corrección antes de que yo me siente delante de esta cámara. Y después viene la edición y la documentación para publicar. Si lo que encuentras aquí te está cambiando la forma en que entiendes tu propio cuerpo. Si sientes que estás consultando un manual de operaciones y no simplemente viendo un vídeo, hay una forma en que puedes apoyar este trabajo y que pueda seguir creciendo: haciéndote miembro del canal. No te estoy invitando a una suscripción a contenido premium. Te estoy invitando a convertirte en un mecenas para
40:53 el canal. Con una pequeña cantidad. Y te estoy proponiendo la decisión de decir: este trabajo merece la pena que continúe. Y yo quiero ser parte de lo que lo hace posible. A cambio, recibirás también un acceso a una comunidad más cercana. Conversaciones más directas y respuestas más profundas a tus preguntas. Y algo que estoy construyendo poco a poco: una selección de recursos verificados en los que estoy trabajando para poder ponerlos a disposición de la comunidad. Son los productos de los que hablo en el canal, de los que conozco la calidad y de los que puedo responder personalmente. Y donde tendrás un acceso y unos precios prioritarios.
41:41 Si quieres dar ese paso, te lo agradeceré desde el corazón. El enlace lo tienes aquí debajo de la pantalla, en la descripción del video. Y también en la portada del canal. Pero si no es el momento para tí, no te preocupes, porque este canal sigue siendo tuyo exactamente igual. Nada cambia en lo que recibes aquí. Muchas gracias. Seguimos. Y ahora sí. La ingeniería. Todo lo que has escuchado hasta ahora: los casos documentados, el Nobel de Ohsumi o el expediente de los santos, tiene un denominador común. El cuerpo humano tiene un modo de operación alternativo que la alimentación continua mantiene casi siempre apagado. Y ese modo,
42:28 cuando se activa de forma gradual y controlada, produce efectos que ninguna otra intervención conocida produce en el mismo rango de tiempo. La pregunta práctica que demos hacernos es ¿cómo activarlo sin que sea una experiencia de emergencia?. Y aquí está la primera cosa que nadie te dice sobre el ayuno extendido, y que marca la diferencia entre una experiencia renovadora y un colapso: El ayuno no empieza el día que dejas de comer. Empieza semanas antes. Antes te conté que en invierno yo hice un ayuno de seis días, al mismo tiempo que mantenía mi agenda normal. Ahora te cuento cómo llegué hasta ahí. Porque no fue una decisión impulsiva. Venía de
43:20 una semana de ayuno intermitente de veinticuatro horas. El cuerpo se había acostumbrado a períodos sin ingesta. La maquinaria metabólica ya sabía cambiar de combustible. Y eso hizo que cuando llegó el día uno del ayuno extendido, no hubo drama. No hubo hambre intensa. Sí que es verdad que tuve una sensación, un deseo de comer. Es decir, algo que todavía estaba ahí, pero que ya no tenía la urgencia que tiene cuando el cuerpo no ha aprendido todavía a esperar. Ese aprendizaje previo es realmente el protocolo. No el ayuno en sí.
44:05 Y tiene tres niveles, en los que el orden importa más que la duración. Nivel 1 — Ayuno intermitente: la puerta de entrada (16:8 y 24 horas) El 16:8 es el punto de partida universal. Dieciséis horas sin ingesta y una ventana de alimentación de ocho horas. Lo que ocurre en esas dieciséis horas es predecible y está bien documentado. En las primeras cuatro a seis horas después de la última comida, el cuerpo liquida las reservas de glucógeno hepático. Es la fase en que todavía estás quemando lo que comiste. No hay autofagia significativa todavía.
44:51 Entre las ocho y las doce horas, el glucagón hepático empieza a agotarse. La insulina cae. El glucagón sube. El cuerpo empieza a movilizar ácidos grasos del tejido adiposo y a producir cuerpos cetónicos en el hígado. La autofagia basal se activa. Entre las doce y las dieciséis horas, la cetosis incipiente está establecida. Los cuerpos cetónicos empiezan a cruzar la barrera hematoencefálica. El cerebro, que hasta hace pocas horas dependía casi exclusivamente de glucosa, empieza a funcionar con un combustible que muchos investigadores consideran más limpio y más eficiente. Y en esto hay un referencia clara:
45:39 la claridad mental que describe mucha gente en este punto es relevante. Ahora sabemos que no es sugestión. Es química. A las dieciséis horas, la autofagia está activa a niveles medibles. No está en su punto máximo. Pero está encendida. El 16:8 practicado con regularidad —tres o cuatro veces por semana— hace dos cosas que son la base de todo lo que viene después. Primero, enseña al cuerpo a cambiar de combustible sin pánico. Segundo, va reduciendo progresivamente la resistencia a la insulina, lo que hace que cada ayuno siguiente sea metabólicamente más fácil que el anterior.
46:28 Cuando has conseguido eso, el salto a las veinticuatro horas es mucho más sencillo. Es simplemente algo que haces casi de forma natural. A las veinticuatro horas, la autofagia está operando a una intensidad que los estudios de Alirezaei et al. en 2010 describieron como profunda en tejido neuronal. El paper, publicado en la revista Autophagy, demostró algo que vale la pena que entiendas bien: ese nivel de limpieza celular en el cerebro no se produce cuando duermes. No se produce cuando haces ejercicio. No se produce cuando meditas. No hay ninguna otra situación cotidiana —ninguna— en la que tus neuronas activen su sistema de
47:15 reciclaje interno con esa intensidad. La única palanca conocida que lo produce en ese rango, es el ayuno. Y empieza a las dieciséis horas. No a las setenta y dos. A las dieciséis. Nivel 2 — Ayuno extendido controlado: 24 a 72 horas Aquí empieza el territorio que la mayoría de vídeos sobre ayuno no cubren. Y el motivo es simple: da miedo recomendarlo sin matices. Yo voy a darte los matices. Entre las veinticuatro y las cuarenta y ocho horas, el metabolismo completa la transición a la cetosis. Los niveles de cuerpos cetónicos en sangre, que son medibles con un glucómetro de
48:06 cetonas, que por cierto puedes comprar por menos de treinta dólares, suben de forma sostenida. Y el hambre, paradójicamente, disminuye. No te digo que desaparezca de golpe. Simplemente, se vuelve manejable. Se convierte en lo que yo describí antes como una sensación, un deseo. Pero sin la urgencia que tiene cuando el cuerpo todavía está esperando el siguiente suministro. Lo que ocurre a nivel celular en este rango es donde la evidencia se vuelve más interesante. Un estudio de Cheng et al. publicado en Cell Stem Cell en 2014, demostró que el ayuno prolongado de
48:54 dos a cuatro días produce una regeneración del sistema inmune mediada por autofagia. Lo que ocurre es esto: las células inmunes envejecidas —las que llevan años circulando por tu sangre, acumulando daño y funcionando cada vez peor— se eliminan mediante autofagia. Y esa eliminación, activa algo que en condiciones normales permanece dormido: las células madre hematopoyéticas. Hematopoyéticas viene del griego: hemato, sangre, y poyesis, fabricación. Son las células madre de tu médula ósea. Las que tienen la capacidad de fabricar células sanguíneas completamente nuevas: glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas.
49:42 En condiciones normales están en un estado de baja actividad. El ayuno prolongado les manda una señal que las despierta: hay espacio, hay necesidad y hay que construir. Y lo hacen. El sistema inmune que emerge después, no es el mismo que entró. Es literalmente más nuevo. Y esto no es una teoría. Es biología celular verificada con revisión de pares. Entre las cuarenta y ocho y las setenta y dos horas, la hormona del crecimiento — la GH—
50:28 experimenta un aumento que los estudios de Cahill y Owen ya documentaron en los años setenta y que trabajos más recientes han confirmado: puede multiplicarse por cinco o por diez respecto a los niveles basales. La GH en este contexto no es la GH del culturista. Es la señal que el cuerpo usa para preservar la masa muscular mientras utiliza el tejido graso como combustible. Es el mecanismo que explica por qué el ayuno prolongado, bien ejecutado, no destruye músculo. A las setenta y dos horas, el metabolismo ha completado una transición que los estudios clínicos documentan con consistencia. En ese
51:14 rango, los marcadores inflamatorios caen de forma significativa. Se activan células madre y el factor de crecimiento IGF-1, que es uno de los marcadores más consistentemente asociados al envejecimiento acelerado y al riesgo de cáncer, se reduce de forma medible. Estos efectos han sido publicados en Nature Medicine y replicados de forma independiente en ensayos clínicos controlados. No son observaciones de laboratorio en ratones. Son datos en humanos. Nivel 3 — Ayuno de 3 a 7 días: el territorio que requiere preparación y supervisión
52:00 Esto es lo que yo hice. Y voy a contártelo con la precisión que merece. No llegué al día uno del ayuno de seis días desde la nada. Llegué desde semanas de ayuno intermitente y desde una semana de veinticuatro horas regulares. Mi cuerpo ya sabía lo que era cambiar de combustible. Ya tenía la maquinaria engrasada. El día uno fue más fácil de lo que esperaba. No porque no hubiera sensación de hambre —la hubo— sino porque ya la conocía. Ya sabía que no era una emergencia. Era una señal que podía observar sin obedecer. El día dos fue el más difícil del ciclo completo. No por el hambre. Por la psicología. Es el punto en que el cuerpo todavía no ha
52:46 completado la transición metabólica y la mente todavía no ha aceptado que esto va a continuar. Es el umbral. El momento en que la mayoría de las personas que intentan un ayuno extendido sin preparación abandona. El día tres fue el punto de inflexión. Y aquí quiero ser muy preciso porque es la experiencia que más me impactó de todo el proceso. El hambre desapareció. No gradualmente. Hubo un momento, no sabría decirte si fue a las dos de la tarde o a las siete de la tarde, pero fue un momento concreto, en que la sensación simplemente no estaba. No era que la estuviera gestionando. Es que no estaba.
53:32 Y en su lugar había algo que no sé cómo describir de otra manera que como precisión. La mente funcionaba con una claridad que no es habitual. No era euforia. Era lo contrario de la niebla. Como si se hubiera retirado un ruido de fondo que durante mucho tiempo había estado ahí y que yo había dejado de notar, por haberme acostumbrado. Del día tres al día seis, esa fue la tónica. Seguí con mi agenda normal: reuniones, trabajo, vida ordinaria. Lo que reduje fue el ejercicio físico intenso, de forma significativa. No porque me faltara energía para lo cotidiano, sino porque el cuerpo en ese estado está en modo de conservación y reparación, no en modo
54:21 de construcción. Forzarle a construir cuando está reparando es malentender lo que está haciendo. El día cinco empecé a tener ganas de comer. Pero no era hambre fisiológica. Era un deseo. Una anticipación. Algo más parecido a querer que a necesitar. Creo que podría haber continuado más días. Pero también tenía compromisos que lo hacían logísticamente complicado y al final del día siguiente, lo di por terminado. En esto, es importante comentar una cosa: la salida fue tan importante como la entrada. Y es el punto donde más errores se cometen.
55:11 No rompas un ayuno de varios días con una comida copiosa. No rompas con hidratos de carbono simples. El páncreas lleva días sin secretar insulina en volumen significativo. El epitelio intestinal está en un estado de renovación. Y el sistema digestivo necesita ser reintroducido al trabajo de forma gradual. Lo primero que tomé fue un caldo de huesos con verdura, caliente. Sin sólidos. Sin hidratos. El cuerpo lo recibió sin drama. Sin la euforia digestiva que a veces describe la gente que rompe el ayuno de forma brusca. Sin el malestar que produce reintroducir demasiado demasiado rápido. Las primeras veinticuatro horas después del
56:04 ayuno lo hice con líquidos y caldos. Las siguientes veinticuatro: puré de verduras con un huevo cocido y un chorro generoso de aceite de oliva virgen extra. Puedes usar aguacate. O mantequilla de pasto sobre las verduras calientes. Que sean grasas reales, de las que tu cuerpo reconoce, sin procesar. Nada de aceites vegetales refinados o de ultraprocesados. Y solo después de eso, introduje la proteína sólida. Y lo hice de forma progresiva. Los hidratos de carbono, que habitualmente los evito de manera bastante radical, fueron los
56:52 últimos en volver. Y en una cantidad muy baja. Si haces bien la salida, el período post-ayuno es uno de los estados metabólicos más favorables que puedes crear intencionalmente. La sensibilidad a la insulina está en máximos. La autofagia ha limpiado el material dañado. Las células que se renuevan lo hacen en un entorno con menos residuos, con menos inflamación y, por tanto, con menos ruido metabólico. Es el momento en que lo que comes construye de verdad. Todo lo que acabo de describirte: la preparación, los días y la salida— no es un protocolo que yo me haya inventado. Es lo que aprendí haciéndolo. Y precisamente porque lo aprendí haciéndolo, sé que hay tres
57:43 condiciones sin las que no debería intentarse. Y no son advertencias de manual. Son las cosas que marcan la diferencia entre una experiencia que te transforma y una que te hace daño. Una última cosa antes de cerrar el protocolo.Y es importante tenerlo presente. Este nivel, tres a siete días, requiere tres condiciones que no deberías considerar negociables contigo mismo. Primera: preparación progresiva. No se llega aquí desde la nada. Se llega desde semanas de ayuno intermitente y desde experiencia con ayunos de veinticuatro horas. El cuerpo tiene que haber aprendido antes a cambiar de combustible.
58:30 Segunda: supervisión. Para personas sanas y sin patologías previas, no necesariamente hospitalaria. Pero sí con alguien que sepa lo que te está pasando fisiológicamente y que pueda acompañarte en el proceso. Si tienes diabetes, enfermedad cardíaca, antecedentes de trastornos alimentarios, o tomas medicación de cualquier tipo, la supervisión médica en este caso no es opcional. Es obligatoria. Tercera: escucha a tu cuerpo. Hay señales que te indican que el proceso está funcionando bien: reducción del hambre, claridad mental o estabilidad de energía. Y hay señales que te indican que algo no va bien: arritmias, síncope,
59:19 debilidad extrema o confusión. Las primeras son el camino que te deberías encontrar. Pero las segundas son mensajes de parada inmediata. Este vídeo es la puerta de entrada a un tema que merece varios capítulos. Y te adelanto cómo voy a tratarlos, porque no va a ser de la forma en que probablemente has visto ya contenido de este tipo en otros sitios. El primero responde una pregunta que parece simple pero que casi nadie formula correctamente: ¿importa más lo que comes o cuándo lo comes? La respuesta que te voy a dar no es la que esperas. Porque el reloj circadiano no es solo un ritmo de sueño. Es un regulador del voltaje celular.
1:00:09 Y cuando comes fuera de fase, no solo desajustas tu metabolismo. Desajustas la conductividad eléctrica de cada célula de tu cuerpo. El segundo responde una pregunta que este vídeo deja deliberadamente abierta. Hay personas que hacen ayuno intermitente con disciplina y no obtienen los efectos que deberían. Y la razón casi nunca está en las horas que ayunan. Está en lo que hacen durante esas horas. Porque hay una lista de cosas que apagan la autofagia que no tienen nada que ver con la comida. Algunas son fármacos. Algunas son hábitos. Y al menos una de ellas es algo que probablemente estás haciendo cada mañana sin saber que estás apagando
1:00:58 exactamente el mecanismo que intentas activar. Si este vídeo te ha abierto una pregunta, los siguientes van a cambiar la forma en que la respondes. Y ahora, antes de terminar, vuelve por un momento conmigo a Tokio. Y a los años ochenta. Ohsumi está mirando por el microscopio. La vacuola de la levadura se está llenando de vesículas. Pequeñas estructuras cargadas de material celular: proteínas dañadas, orgánulos deteriorados y residuos de décadas de trabajo, llegando ordenadamente para ser desmontadas y convertidas en piezas nuevas. Lo que Ohsumi estaba viendo no era una célula
1:01:46 muriendo. Era una célula limpiándose. Renovándose. Usando sus propios residuos como materia prima para construir una versión más eficiente de sí misma. Y la pregunta que se hizo en ese momento —¿y si lo que parece destrucción es en realidad mantenimiento?— es la misma pregunta que subyace a todo lo que hemos visto hoy. A los casos de Jani, Werner y Maor. A los cuarenta días de Alexandrina en un hospital de Oporto. A las décadas de Teresa Neumann bajo observación médica en Baviera. A mis seis días de invierno con mi agenda normal y la cabeza más clara que había tenido en mucho tiempo.
1:02:32 No son la misma pregunta en el mismo nivel de evidencia. Eso hay que decirlo. Lo que está verificado con revisión de pares y lo que está documentado sin ella no son equivalentes. Pero comparten algo más profundo que la evidencia científica formal. Comparten la insinuación de que el cuerpo humano tiene capacidades que todavía no hemos terminado de cartografiar. Que el límite real del ayuno humano no lo conocemos, porque nunca hemos tenido los instrumentos correctos para medirlo. Y que la decisión de comer tres veces al día, que tomamos como fisiología, cuando en realidad es cultura, tiene un coste biológico que la autofagia existe precisamente para gestionar. No te estoy pidiendo que ayunes seis días. Te
1:03:24 estoy pidiendo algo mucho más sencillo. Que la próxima vez que sientas hambre durante el día, antes de ir a la cocina, te preguntes si es hambre o es hábito de comer. Y que si es hábito, le des a tu maquinaria interna media hora más antes de responder. Porque en esa media hora, Ohsumi ya vio lo que ocurre. Tu cuerpo sabe exactamente qué hacer cuando le dejas espacio para hacerlo. Esto es soberanía biológica. ¡Adelante! ¡Siempre adelante!