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0:00 Aldus Hasley nos advirtió en un mundo feliz de los peligros de una sociedad anestesiada por el placer. George Orwell imaginó en 1984 una sociedad sometida por el miedo, la represión y la vigilancia. Dos pesadillas, dos formas distintas de perder la libertad. Pero hay un tercer autor que interpretó el futuro desde una perspectiva distinta, una que no necesitaba del Gran Hermano, de tiranos o de policías del pensamiento. La única de las tres visiones en la que el verdugo somos nosotros mismos. Ese autor fue Ray Bradbury y su novela se llamó Fahrenheit 451, una obra pequeña, como puedes apreciar, pero que encierra en sí misma una contundente crítica social hacia los tiempos que se avecinaban y con un hilo conductor que atrapa desde el principio. Su visión no nos habla de una sociedad
0:46 donde los bomberos ya no apagan incendios. Los provocan, pero no queman casas, queman libros. Durante décadas, Fahrenheit 451 se ha leído como una advertencia contra la censura y lo es, pero quedarse ahí sería reducir demasiado la pesadilla de Bradbury, porque en esta novela, los libros no arden solo porque un poder los odie, arden porque la sociedad ha dejado de entender para qué sirven. Es una sociedad donde pensar demasiado es peligroso, donde la gente prefiere pantallas gigantes a conversaciones reales, donde las ideas complejas molestan. Donde la felicidad se confunde con no tener que [música] hacerse preguntas. Y por eso Fahrenheit 451 sigue siendo tan incómoda, porque no nos habla solo de gobiernos quemando libros, nos habla de algo mucho más peligroso,
1:32 una sociedad que enciende voluntariamente la cerilla. Esta es la historia de la novela que entendió que los libros no mueren cuando arden, mueren antes cuando dejamos de leerlos. El joven Ray Bradbury no fue a la universidad, no porque le faltara curiosidad, justo al contrario, pero lo que no tenía era dinero para sufragarla. Bradbury decía que se había educado en las bibliotecas públicas de Los Ángeles. Allí leía, descubría autores, copiaba estilos, imaginaba mundos. Para él, una biblioteca no era un almacén de libros, era una especie de ciudad viva, un lugar donde podías conversar con muertos, genios, herejes, poetas y científicos
2:18 sin que nadie te pidiera permiso para entrar. Por eso resulta tan poderoso el lugar donde nació Fahrenheit 451. No fue en una oficina elegante, tampoco en una universidad, ni tan siquiera en el típico escritorio de una casa silenciosa frente a una chimenea. Nació en el sótano de una biblioteca. Con apenas 30 años, Bradbury tenía una hija recién nacida, poco dinero y una casa demasiado ruidosa para escribir. Así que bajó al sótano de la biblioteca Pwell en la Universidad de California en Los Ángeles, donde había máquinas de escribir que se podían alquilar por unos centavos. En 9 días terminó la primera versión de lo que acabaría convirtiéndose en la obra que le catapultó a la fama mundial. Le costó $980. Un hombre escribiendo una novela sobre la quema de libros, rodeado de libros.
3:06 Hay algo que conviene tener claro desde el principio. Bradbury no era un académico. No venía del mundo intelectual que habitaba Norwell o Hasley, que sí pasaron por las mejores universidades británicas. Bradbury venía de una esquina de Los Ángeles con los bolsillos vacíos y una obsesión y quizá por eso su distopía no huele a teoría política. Bradbury no escribió esta historia de la nada como ciencia ficción. Venía de un miedo muy concreto. Hay dos imágenes que Bradbury llevó consigo toda su vida. La primera es del 10 de mayo de 1933 en la plaza de la ópera de Berlín y en otras 21 ciudades alemanas simultáneamente. Fue allí donde centenares de estudiantes universitarios quemaron más de 20,000 libros en hogueras públicas. No eran soldados, eran estudiantes. Quemaron a Freud, a Mars, a Einstein, a Hemingway, a
3:53 cualquier autor que el régimen considerara degenerado. Y lo hicieron ante una multitud de 70,000 personas que aplaudía de forma enfervorecida. Bradbury lo recordó toda su vida. La segunda imagen llegó 20 años después. En 1950, apenas el 9% de los hogares estadounidenses tenía televisor. En 1960 ya era el 90%. La velocidad de esa transformación no tenía precedentes. Bradbury, que había crecido en bibliotecas, vio como de golpe todo el mundo prefería una pantalla. Esas dos realidades marcaron su genial obra. Aquí es donde Bradbury diverge de sus dos predecesores. Orwell había combatido en la guerra civil española. Había visto el estalinismo desde dentro. Hasley venía del mundo académico británico. Su
4:39 distopía nace de la experiencia directa con el poder que aplasta desde arriba. Bradbury, en cambio, veía algo más que nadie estaba nombrando, que no hacía falta un tirano para destruir el pensamiento. Bastaba con que la gente simplemente dejara de querer pensar. Y hubo un episodio que terminó de convertir esa intuición en una historia. Una noche, Bradbury caminaba por Los Ángeles con un amigo. Nada extraordinario, solo caminar. Pero en una ciudad cada vez más diseñada para el coche, para la televisión y para la vida encerrada en casa, dos hombres paseando sin destino empezaban a parecer sospechosos. Un coche de policía se detuvo junto a ellos. El agente les preguntó qué estaban haciendo. La escena le dejó una impresión profunda. De pronto, una de las actividades más humanas que existen, caminar, observar,
5:26 pensar sin prisa, se había convertido en una actitud sospechosa. De ahí nació un relato llamado El peatón. Es la historia de un hombre que camina de noche por una ciudad donde nadie camina porque todos están pegados a las pantallas. La policía lo detiene. Su crimen preferir la calle al sofá. El relato, ese relato es la semilla de Fahrenheit 451 porque ahí ya está todo. Bradbury, la sospecha de que el problema no empieza cuando alguien quema una biblioteca, empieza mucho antes. Cuando una persona que camina sin consumir nada, sin producir nada, sin mirar una pantalla, empieza a parecer una amenaza. Cuando la novela estuvo lista, Bradbury se encontró con un muro inesperado. Los editores neyorquinos no querían publicar aquella historia y no es difícil entender por
6:11 qué. Estados Unidos vivía entonces uno de los episodios más oscuros de su historia reciente. El senador Joseph McCarthy llevaba años señalando con el dedo a intelectuales, escritores y artistas, acusándolos de simpatizar con el comunismo sin pruebas, solo con una lista llena de suposiciones. Si tu nombre aparecía, estabas perdido. McArthy había presionado también al ejército para que retirara de las bibliotecas algunos libros que calificaba de contaminados. Y en este clima nadie quería ser el editor de un libro incómodo. Según algunas fuentes, Bradbury sufrió hasta 23 rechazos de las principales editoriales del país, siempre el no por respuesta. Hasta que apareció este hombre. es Ian Valentine y no era uno de los grandes editores de Nueva York, era alguien diferente, un
6:57 pionero del libro accesible que acababa de fundar una pequeña editorial junto a su mujer Betty Nora, y que se atrevió a dar el paso. Así, el 19 de octubre de 1953, Valentine Books lanzó la primera edición de Fahrenheit 451. Pero la historia no acabó ahí. Bradbury había intentado también serializar la novela en revistas, que era el formato habitual de la época, para dar a conocer una obra. El resultado fue otro callejón sin salida. Nadie quería arriesgarse con una novela sobre censura pasada, presente o futura. Fue entonces cuando apareció alguien inesperado, un joven editor de Chicago llamado Hug Heffner acababa de fundar una revista desconocida por aquel entonces y llamada Playboy. He lo tenía claro. Una historia sobre los peligros de la censura
7:43 encajaba perfectamente en una publicación que él mismo sabía que iba a ser censurada. Leyó el manuscrito, lo compró por $450 y lo publicó por entregas entre marzo y mayo de 1954. Fahrenheit 451 había llegado al mundo por la puerta trasera, como casi todo lo que merece la pena. Lo que empezó con un alquiler de una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca por 10 centavos la media hora se convirtió en un fenómeno cultural que saltó de las revistas para adultos a las estanterías de todo el país. La novela [resoplido] no solo se leyó, se sintió como una sacudida eléctrica en una sociedad que empezaba a adormecerse y el prestigio no tardó en llegar. En 1954, la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras le otorgó su premio de literatura, un
8:29 reconocimiento inusual para un género, la ciencia ficción, que hasta entonces era considerado literatura de kiosco. Incluso el cine se rindió ante ella. Francois Tru fue uno de los directores más influyentes de la historia, la llevó a la gran pantalla en 1966. Aunque en su estreno la película fue recibida con frialdad por una taquilla que no supo entender su estética. Con los años se ha convertido en una pieza de culto absoluto, recordada por esa atmósfera inquietante donde incluso los créditos iniciales son narrados para no herir a una sociedad que ya no sabe leer. Bradbury estaba en todo lo alto, pero el éxito masivo siempre tiene un precio. En la América de los años 50, cuestionar el estatuo no te convertía solo en un autor de éxito, te convertía en un objetivo. El mismo sistema que
9:15 Bradbury describía en sus páginas, un sistema que vigila, que etiqueta y que sospecha del que piensa distinto. Empezó a materializarse en él fuera de la ficción. El propio Bradbury lo sabía mejor que nadie porque el FBI ya tenía un completo y detallado archivo abierto sobre él y lo situaba bajo la lupa. En uno de esos documentos, ahora desclasificado, podemos leer: "Algunos de los escritores sospechosos de tener antecedentes comunistas han estado escribiendo en el ámbito de la ciencia ficción y parece que la ciencia ficción puede ser un campo lucrativo para la introducción de ideologías comunistas." y remataba añadiendo, algunas de las historias de Bradbury han tenido un sesgo claramente contrario a los Estados Unidos y a su forma de gobierno capitalista. Esa vigilancia era la
10:01 prueba definitiva de su tesis. El sistema teme a quienes piensan. Pero mientras el FBI buscaba propaganda política entre sus líneas, Bradbury estaba señalando algo mucho más profundo y aterrador, algo que va mucho más allá de una historia de bomberos y hogueras. Era una radiografía. Y para entender que nos advertía exactamente, hay que entrar en ella. Cuando le preguntaban a Ray Bradbury si Fahrenheit 451 era una novela sobre la censura del gobierno, se enfadaba y respondía con una frase clarificadora. No es un libro sobre la censura del estado, es un libro sobre lo que pasa [música] cuando la gente deja de leer.
10:47 Por eso Bradbury no necesitaba inventar un monstruo como el gran hermano de Orwell, ni una pastilla de la felicidad como Aldus Gasley. Su monstruo era mucho más cotidiano. Era una familia sentada frente a pantallas gigantes, una casa llena de ruido banal, una sociedad que confundía felicidad con no tener que escuchar nada difícil, una sociedad que no decía los libros son malos, decía algo peor. son innecesarios. La novela nos sitúa en el año 2053 y su protagonista es Gay Montag, un bombero que cada mañana se pone el uniforme, coge el lanzallamas y cumple con su deber quemar todos los libros y lo hace con orgullo, sin conflicto, sin dudas, porque en su mundo los libros no son cultura, son un problema, generan conflicto, hacen pensar y sufrir y una
11:32 sociedad que no sufre es una sociedad feliz. Bradbury construyó esa sociedad a partir de tres ideas, solo tres. Y las tres tienen algo en común. No necesitan un villano. La primera idea nos dice que la censura no es la causa, es la consecuencia. En la novela nadie ha ordenado dejar de leer. No hay un decreto fundacional. No hay una fecha en la que el estado decide que los libros son peligrosos. Lo que hay es algo más gradual y más reconocible. La gente fue dejando de leer sola. Primero los libros se acortaron para adaptarse a lectores con menos paciencia. Luego se resumieron, luego aparecieron versiones condensadas de los clásicos [música] digeridas sin aristas y cuando ya no quedaba nadie que quisiera el original, el estado simplemente hacía oficial lo que ya había ocurrido. Prohibió lo que
12:18 nadie quería. El capitán Vitty, el jefe de los bomberos, se lo explica Monta, con una frialdad que resulta más inquietante que cualquier amenaza. Vittorante, es el personaje más culto de toda la novela. ha leído todos los libros que quema y precisamente por eso sabe que no hacen falta hogueras para acabar con una cultura. Basta con acelerar el ritmo de todo lo demás [música] hasta que leer parezca una pérdida de tiempo. Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el arma. Descerebra al hombre, nos dice BTI. Lo que Bradbury quiere que entendamos con esta escena es que el verdadero trabajo no lo hace el lanzallamas, lo hace la comodidad. Y eso nos lleva a la segunda idea, quizá la más inquietante de las tres. Bradbury nos advierte en esa segunda idea que la
13:04 felicidad puede ser el instrumento de control más eficaz que exista. En Fahheit 451 la gente no vive aterrorizada, vive distraída. No hay silencio en las casas, hay pantallas gigantes ocupando paredes enteras, programas interactivos, voces que hablan sin parar, auriculares diminutos metidos en los oídos a los que llaman escarabajos, entretenimiento constante, una vida entera diseñada para que nadie tenga que quedarse demasiado tiempo consigo mismo o con sus pensamientos. La esposa de Montag, Milret es la representación perfecta de esa sociedad. Pasa los días frente a sus paredes llenas [música] de pantallas. No son simples televisores, son habitaciones enteras convertidas en espectáculo, personajes que le hablan, que la rodean, que ocupan el lugar de una familia real.
13:49 De hecho, Mil así: "Mi familia". Y esa palabra lo dice todo. Su marido está al lado, pero casi no se hablan. Comparte en casa, pero no mundo. Ella vive dentro de una ficción continua, rodeada de voces artificiales que le dan compañía, presencia sin conflicto, emoción sin profundidad. Hay un fragmento de la novela que es oro puro, también para los tiempos que hoy vivimos. Es el momento donde el capitán Bey le explica a Montach por qué el mundo debe funcionar así. Le dice textualmente, "Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares. Aibórralos de datos no combustibles. Lánzales encima tantos hechos que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces tendrán la sensación de que piensan, tendrán la
14:34 impresión de que se mueven sin moverse y serán felices porque los hechos de esa naturaleza no cambian. Bradpury entendió muy pronto algo que hoy no resulta familiar, que la verdadera censura no siempre consiste en prohibir la información, sino sepultarla bajo una montaña de ruido. Ese es el verdadero terror de Bradbury, una sociedad donde el sufrimiento no se afronta, se cubre con entretenimiento, se disuelven imágenes, velocidad, pastillas y conversaciones vacías. Y en ese contexto, claro, los libros son insoportables porque un libro te obliga a detenerte, te exige tiempo, atención, paciencia, memoria, a veces incluso contradicción. Un libro puede hacer justo lo que esa sociedad intenta evitar a toda costa, ser el mejor antídoto frente a la anestesia. Y aquí aparece la
15:21 tercera idea, la más sencilla y quizá la más peligrosa, la que dice que una sociedad sin preguntas acaba aceptando cualquier respuesta. Es el momento de la novela que nos invita la esperanza a pensar que otro mundo es posible. Ese es el mundo de Clarish. Claris tiene 17 años y parece vivir en otro tiempo. Camina despacio, mira la lluvia, observa a la gente, se fija en los olores, en las luces, en el tacto de las hojas. Habla con su familia y hace preguntas. Preguntas que en otro mundo serían normales, pero que en el de Fahrenheit suenan casi subversivas. La primera vez que se cruza con Montag, este vuelve del trabajo. Viene de quemar libros. Está satisfecho. Cree que todo está en orden y Claris le desmonta la vida con una sola pregunta. ¿Eres feliz? A Monta la
16:07 pregunta le parece absurda, pero cuando llega a casa la duda sigue ahí. Esta vez no puede apagarla. Claris no le entrega un libro prohibido ni le da una explicación política. No le invita tampoco a una revolución. Hace algo mucho más peligroso en una sociedad como esa. Le obliga a pensar por sí mismo. Esa es la verdadera función de Claris en la novela. No viene a salvar a Montage, viene a despertarlo. Ese despertar es el inicio del fin para el bombero. Montag empieza a robar libros [música] buscando desesperadamente entre sus páginas algo que le explique por qué siente que su vida es una cáscara vacía. Pero el sistema no tolera las grietas. Tras ser denunciado por su propia esposa, Montac se ve obligado a quemar su propia casa y en un acto final de rebelión vuelve su lanzallamas contra el capitán Viti y
16:53 huye. Su ida no es solo una persecución policial retransmitida en directo por televisión para el entretenimiento de las masas. Es una huida hacia la raíz del ser humano. Al otro lado del río le espera un grupo de personas que viven fuera de la ciudad. Cada una ha memorizado un libro entero. Es una biblioteca humana. Es la resistencia. Bradbury no promete que el mundo se salva, solo dice que siempre hay alguien dispuesto a defender lo que es justo y que mientras haya alguien que recuerde, no todo está perdido. Ese es el único optimismo que se permite. Un optimismo pequeño, frágil, pero tenaz. Y la pregunta que deja flotando en el aire es inevitable. Si Fahenheit 451 era una advertencia, ¿en qué punto del incendio estamos hoy?
17:46 Durante décadas pensamos que Fahrenheit 451 era una exageración, una fantasía sobre un futuro imposible. Pero hoy, cuando miramos a nuestro alrededor nos damos cuenta de que el fuego ha cambiado de forma. Ya no huele a quereroseno ni necesita bomberos con lanzallamas. Es un fuego silencioso, a veces invisible. Y es hora de preguntarnos si sin darnos cuenta nosotros mismos hemos empezado a alimentar la hoguera. Aquí conviene ser equilibrado. No vivimos exactamente en Fahrenheit 451. Los libros existen, [música] se publican millones de ejemplares cada año. Hay bibliotecas audiolibros archivos digitales, pero Bradbury no nos estaba advirtiendo solo sobre el acceso a los libros, nos estaba advirtiendo sobre algo que sucede antes de tener el libro,
18:31 el deseo de leerlo, el tiempo para hacerlo y la paciencia para dejar que una idea nos acompañe algo más de unos segundos, por muy incómoda que sea. El incendio moderno empieza justo ahí y la primera ironía es casi perfecta. La propia obra maestra de Bradbury acabó sufriendo una forma de censura silenciosa. A partir de 1967, Valentine Books publicó una edición escolar de la novela, la llamada Ball High Edition, pensada para institutos. En esa versión se eliminaron palabras consideradas problemáticas, se suavizaron escenas y se modificaron alrededor de 75 pasajes. Durante varios años convivieron la versión original y la versión recortada, pero a partir de 1973, Valantine llegó a publicar únicamente la versión censurada. Bradbury se enteró en
19:17 1979, enfureció y exigió que el texto original volviera a imprimirse. "Estarás conmigo en que es muy difícil imaginar una ironía más perfecta, una novela sobre una sociedad que mutila los libros fue mutilada para hacerla más aceptable en las aulas. El fuego no vino con lanzallamas, vino con lápiz rojo, con prudencia editorial, con la voluntad de hacer el texto menos incómodo para esas nuevas generaciones acomodadas, más limpio, más fácil de vender. Y esto nos deja el primer fuego de hoy. En Fahrenheit 451, los libros molestan y una sociedad que busca tranquilidad a cualquier precio acaba teniendo muy poca paciencia para todo lo que nos remueve por dentro. En Estados Unidos, el país donde escribió esta novela, acabamos de conocer un nuevo informe de Pen America, una
20:03 organización sin fines de lucro que protege la libertad de expresión. Ha documentado casi 23,000 libros prohibidos o restringidos en escuelas públicas desde el año 2021. No hablamos de una metáfora, hablamos de libros que estaban disponibles [música] para estudiantes y que dejaron de estarlo. La lista incluye libros como La naranja mecánica, una distopía sobre si el Estado puede reprogramar a una persona para hacerla obediente. Las ventajas de ser invisible, una novela sobre adolescencia, trauma, soledad y salud mental. La última noche en Telegraph CL sobre el adolescente que descubre su identidad en plena persecución anticomunista de los años 50. El cuento de la criada, una distopía sobre el control del cuerpo de las mujeres o el odio que das, una novela juvenil sobre racismo, violencia policial y protesta
20:49 social. Esto es lo que podríamos llamar el fuego administrativo. No necesita hogueras en una plaza ni bomberos con quereroseno. Le basta con una queja, una reunión del distrito escolar, una norma ambigua o una presión organizada. El resultado es el mismo. Un libro que estaba al alcance de un alumno desaparece de la estantería. Es censura, sí, pero lo más relevante para el caso que nos ocupa es que salvo la organización PENA America, no se conocen otras iniciativas de protesta por estas acciones. Una gran parte de la sociedad prefiere simplemente conformarse o dicho de otro modo prefiere mirar para otro lado. Y eso nos lleva al segundo fuego más difícil de señalar porque no tiene un responsable concreto, es el fuego de la distracción. La investigadora Gloria Mark de la
21:35 Universidad de California lleva más de 20 años midiendo cuánto tiempo somos capaces de mantener la atención en una sola tarea frente a una pantalla. En 2004 esa cifra era de 2 minutos y medio. Hoy ha caído a 47 segundos y hay un detalle que convierte ese número en algo más que una estadística. Cuando nos interrumpimos, tardamos una media de 23 minutos en recuperar el nivel de concentración anterior. 23 minutos para recuperar el hilo de algo que dejamos hace 47 segundos. Un libro exige exactamente lo que este nuevo mundo desprecia. Ese es el incendio, no el uso de la tecnología en sí, ni la pantalla como herramienta. El incendio es el tipo de hábito mental que se construye cuando nuestra vida consiste en saltar de
22:21 estímulo en estímulo. Y esto hay que dejarlo muy claro. No se trata de demonizar la tecnología. Este vídeo existe gracias a la tecnología y si has llegado hasta aquí ya es todo un ejercicio de sacrificio de atención que te agradezco. Es verdad que nunca hubo tanto acceso al conocimiento. La paradoja es otra. Tenemos algo parecido a la biblioteca de Alejandría en el bolsillo, pero ese mismo dispositivo nos entrena para no permanecer en ninguna idea el tiempo suficiente. Recibimos más de 3,000 impactos informativos y publicitarios diarios, pero al final del día solo somos capaces de recordar tres o cuatro y entonces la explicación del capitán Viti empieza a sonar demasiado cercana. Llenadles los ojos de datos, inundadlos de noticias, haced que se sientan informados. Entonces pensarán que están pensando. Bradbury anticipó
23:09 con una soberbia precisión la radiografía de nuestro mundo de hoy. Y eso nos lleva al tercer fuego, el más difícil de ver porque [música] requiere entender la diferencia entre dos conceptos: leer y comprender. Se entiende mejor con un ejemplo. Los datos nos dicen que en España el 66% de la población declara leer libros por ocio. Son datos reales y lo mejor es que viene a refrendar un crecimiento constante en los últimos años. Si nos quedáramos con los grandes titulares, todos contentos. Pero hay algo que esas cifras no capturan, porque al mismo tiempo la comprensión lectora cae como nunca antes se había visto. Y no solo en España, el informe PISA de 2022, el último que mide la comprensión lectora, midió el rendimiento de estudiantes de 15 años en
23:55 81 países. La conclusión fue contundente. La caída en comprensión lectora fue la mayor registrada en la historia del programa, sin precedentes en ninguna de las ediciones anteriores. 10 puntos de media en los países de la OCDE en solo 4 años. Pero es que además los graduados universitarios han perdido una media de nu puntos en competencia lectora durante la última década y el 13% de los adultos con titulación superior no alcanza siquiera el nivel básico de alfabetización lectora, lo que significa que solo comprenden textos cortos sobre temas que les resultan familiares. La lectura sí crece en cantidad [música] pero se vacía en profundidad. Bradbury murió en 2012, convencido de que su novela seguía siendo una advertencia sin cumplir. En una de sus últimas
24:41 entrevistas dijo algo que merece ser escuchado despacio. No escribí sobre el futuro, escribí para evitarlo. El problema es que evitar algo requiere reconocerlo primero. Y la paradoja más inquietante de todo esto es que Fahrenheit 451, el libro que habla de una sociedad que ha dejado de leer, es hoy uno de los más vendidos del mundo. Se reedita constantemente, se estudia en escuelas, se cita en discursos sobre libertad de expresión. se ha convertido [música] en todo un símbolo y sin embargo los datos apuntan en la dirección que Prapuri temía. El incendio ya ha empezado y la única forma de apagarlo es paradójicamente practicando el acto más subversivo que existe hoy en día. sentarse, eliminar las distracciones, abrir un libro y permitirse el lujo de
25:27 entenderlo. Y si el siguiente paso ni siquiera fuera a dejar de leer y si el verdadero peligro apareciera cuando una sociedad ya no necesita prohibiciones, ni hogueras, ni libros ardiendo, porque ha elegido vivir cómoda dentro de su propia distracción. Ese es el territorio que Bradbury rozó y que Altus [música] Casley llevó hasta sus últimas consecuencias en un mundo feliz. Si quieres conocer esta otra historia, haz clic en el vídeo que ves en pantalla, pero solo si tú quieres. Nos vemos ahora.